Las “gemelas” de la primera de River.

Con 16 años, Emilia y Dilfina brillan en el fútbol millonario femenino.

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Inseparables: Emilia y Delfina son gemelas, fueron a la Justicia para poder jugar al fútbol y hoy lo hacen en River. Tienen 16 años y llegaron a la Primera División. Pero nada fue fácil para ellas: no las querían ni en el banco.
 
“Teníamos tres años y ya jugábamos ‘distinto’. La gente ya nos miraba ‘distinto’. Pero a esa edad lo único que necesitábamos era a la otra y una pelota”, cuenta Delfina Zolesio Fernández Blanco, que hoy tiene 16 años. Esa “otra” es Emilia, su gemela. Desde chiquitas, lograron jugar “de favor” con los varones y ahí escucharon por primera vez los gritos machistas que bajaban desde las tribunas.

Cuatro años atrás, en agosto de 2014, la sentencia de un juez les “abrió la cancha”. Y hoy en River ya se ganaron un lugar: son las gemelas que lograron llegar a Primera División.

Pero de chicas no las querían ni en el banco de suplentes.

“Nuestros compañeros de colegio podían jugar en un club. Nosotras no éramos malas, éramos ‘mujeres’. A los siete años pudimos empezar con clases en el Club de Amigos, con los varones. Todavía me acuerdo las miradas de los padres: dolían, y mucho. Era horrible entrar a la cancha. Pero tocábamos la pelota y éramos otra vez nosotras dos y la pelota”, sigue Delfina, que nació diez minutos antes que su hermana.

Una juega de 5 y la otra, de 4 (y a veces, de 8) (David Fernandez).

Al final de aquellos partidos infantiles, los “árbitros de género” terminaban sorprendidos. Algunos hasta se acercaban a felicitarlas. “Entendí que la mejor forma de callarlos —recuerda Delfina— era jugando”. En River, ella juega “de 5, al medio”; y Emilia, “de 4, por derecha, y a veces, de 8, también por derecha”. Dicen que se miran en la cancha y anticipan el próximo movimiento de la otra. “Cuando ella me la pasa al medio yo ya sé que va a estar ahí para buscar el pase de nuevo. Hay millones de jugadores que están conectados. Pero nosotras no lo entrenamos”, se agranda Delfina.

No saben qué carrera estudiar. Pero sí que lo harán en Estados Unidos, en el campus de una universidad que les permita jugar al fútbol. En enero de este año entrenaron una semana en la IMG Academy, en Bradenton, Florida, donde Boca hizo la pretemporada.

Viven en Palermo y van al Boston College. Sus compañeras conocen las dos reglas básicas de tener a dos jugadoras de Primera División en el curso: 1) Los miércoles no pueden hacer trabajos prácticos, tienen entrenamiento; 2) Los viernes no pueden ir a ninguna previa: juegan los sábados al mediodía.

Eso sí, los sábados a la noche no se pierden ningún baile. “Nos gusta salir”, dicen a coro, aunque juran que no están de novias.

Perfiles. Emilia y Delfina son inseparables tanto dentro como fuera de la cancha.

El primer gran desafío en el mundo del fútbol fue a los ocho años, cuando las gemelas —nacidas y criadas en Palermo— pidieron jugar “El Mundialito”, un torneo interno del Club de Amigos. Sabían que ningún equipo iba a querer a dos nenas. “Es como jugar con dos menos”, les anticipaban, en la cara.

A cinco días del comienzo del torneo, seguían sin equipo. Pero como las chicas no querían soltar la pelota, el coordinador del campeonato le sugirió al padre de las gemelas que se convirtiera en el DT de un equipo de jugadores “rezagados”. El equipo se armó, pero cuando llegó el sábado y entraron a la cancha, sintieron el peso de la discriminación en la mirada del público. “Eramos las dos únicas mujeres en el equipo”, describe Delfina.

A los diez años las gemelas se cambiaron de club, se fueron a GEBA, un lugar donde —recuerdan— las hicieron sentir visitantes dentro de su propio equipo.

“Era un club competitivo, con padres cegados por el machismo. Mi mamá movió cielo y tierra para conseguirnos equipo. Hasta que lo logró”, detalla Emi. Pero desde la tribuna llegaban fuerte los gritos: “¡Pegale como si fuese un pibe!”. “¡Te está bailando una mujer!””¡Marcala, boludo!”.

En ese equipo duraron dos años. “Allí no nos querían: antes de jugar firmábamos una planilla en la que no estaban nuestros nombres. Mi mamá los tenía que agregar a mano”, recuerdan.

Un día, antes de un partido, un hombre se acercó a la madre de las nenas y fue claro: “Las chiquitas no pueden jugar”. Y la amenazó: “si se sientan en el banco de suplentes les van a descontar los puntos a su equipo”.

Las dos se fueron llorando a casa. Cuando llegaron, Delfina, sentada en la escalera, le dijo a su mamá: “Conseguime un abogado”. Tenía 12 años.

Solo juegan enfrentadas en cuando es un partido entre amigos (David Fernandez).

“No había categorías menores en otros clubes. Por eso fuimos a hablar con el coordinador, con entrenadores y hasta con el presidente de GEBA. Pero el club nos dio la espalda”, relatan. Siguieron jugando al hockey, “para poder estar”, y juntaron 600 firmas en un día por su causa.

“El problema estaba en la comisión de fútbol, no en el resto de los deportes. Me querían boludear porque era una mujer divorciada. Uno hasta me dijo:’mi hijo juega porque tiene pito'”, recuerda Diana Fernández Blanco, mamá de Emilia y Delfina, que trabaja en el rubro de la ingeniería industrial. “No sé por qué a mis hijas se les ocurrió jugar al fútbol. Con todo lo que sufrieron, la verdad es que yo hubiese preferido que hagan otro deporte, pero fue una elección de ellas”, dice la empresaria, que terminó haciendo la denuncia en el Inadi por discriminación. “Después fui a la Justicia y el juez me dijo ‘¡Te felicito! Venís por el derecho de tus hijas, no por plata'”, cuenta Diana. Tras una orden judicial pudieron jugar en GEBA y siguieron con El Mundialito del Club de Amigos. Pero la felicidad duró poco.

La medida cautelar dictada por el juez Carlos Coggi tenía solo un año de vigencia. No porque él hubiese dispuesto esa fecha de caducidad a la igualdad de género. La sentencia dice que GEBA debía “cesar de inmediato y abstenerse en el futuro ejecutar todo acto discriminatorio en función del género contra las menores”. Pero Diana había solicitado que “aunque sea las dejen jugar por un año”. Y el plazo no se podía extender sin volver a la Justicia.

Cuando parecía que otra vez las gemelas deberían alejarse de las canchas, una tarde, un hombre se acercó a su madre durante un entrenamiento:  “Tráigalas a River, que estamos formando una división de inferiores”, le dijo. Era el psicólogo del club.

Ese mismo año las las chicas salieron campeonas del Mundialito, llegaron a la categoría máxima de hockey en GEBA, salieron campeonas de Futsal y empezaron a jugar en River junto a otras dos chicas: una de Ecuador y otra de México.

El entrenador de Primera División Diego Guacci las vio y las quiso en su equipo. River es uno de los pioneros en este tema y participa de los torneos de AFA en forma ininterrumpida desde la primera edición, en 1991. Ahora en ese club hay 90 futbolistas femeninas en actividad: 30 forman parte del plantel de Primera División y 60 juegan en las categorías menores.

Con el entrenador que las llevó a Primera.

Además, el año pasado, en Paraguay, el equipo dirigido ahora por Daniel Reyes participó por primera vez en un torneo internacional de forma oficial y logró el tercer puesto en la Copa Libertadores Femenina.

En las últimas pruebas de jugadoras, en julio, más de 180 chicas se presentaron como aspirantes en la cancha auxiliar del Monumental. Por eso, el club busca incluir tanto la alta competencia como la formación y desarrollo de jugadoras. Armó un equipo de Reserva —integrado por jugadoras Sub-17— y otro Sub-14, que disputa la Liga de Desarrollo de Conmebol.

Según un informe del último Congreso Internacional de Fútbol, la actividad deportiva que más creció en los últimos diez años es el fútbol femenino. En la Argentina se estima que hay un millón de jugadoras.

Hoy, mientras cursan 4° año en su colegio bilingüe, quienes eran las “marimacho que se meten en cosas de pibes” son “las gemelas de la Primera División de River”. No hay más cartas documento para que entren a la cancha. Son apenas ellas dos y la pelota. (Por Emilia Vexler para Clarín)

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