Matthias Sindelar : El austríaco que murió por desafiar a Hitler.

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Mucho se ha hablado en estas tierras respecto de que nuestro Mundial ’78 fue el más
utilizado con fines políticos de la historia. Nadie puede olvidarse del genocida Videla
entregando la copa de campeones, o arengando a los miembros de la selección
argentina antes de disputarse la final.
Sin embargo, más allá de que nuestros recuerdos teñidos por el dolor de la época,
acrecientan aquella dimensión, existió una situación en la historia de las Copas del
Mundo con la que ningún otro hecho puede parangonarse: que uno de los equipos
intervinientes no pudiera presentarse porque su nación había sido invadida por la de
otro de los participantes del certamen.
Hablamos, claro está, de Austria invadida por el ejército de la Alemania de Hitler, un
año antes de desatarse el mayor infierno bélico de la historia, como fue la Segunda
Guerra Mundial.
Para darle más respaldo al planteo, agreguemos otros dos ingredientes que aumentan
el interés por el relato. Uno es que por disposición del gobierno nazi, tras la anexión
del territorio austríaco al Tercer Reich, todos los jugadores del seleccionado de Austria
deberían jugar el Mundial con la camiseta alemana. El otro, central para la historia, es
que dos de ellos decidieron enfrentar al dictador y se negaron a semejante
humillación.
El resultado fue dispar, uno logró huir de su país y se mantuvo oculto hasta el final de
la guerra. El otro fue encontrado muerto un año después de su valiente decisión.

Aroma de guerra

Para repasar la historia hay que remontarse a comienzos de 1938, mientras Francia se
preparaba para recibir al mundo futbolístico, en la tercera edición del Campeonato
Mundial.
Como si a la época no le faltaran tensiones, la escuadra uruguaya, campeona en el
primero de los certámenes, en 1930, mantuvo su postura de cuatro años antes de no
participar en respuesta al vacío europeo al torneo inaugural.
Argentina, en tanto, también resolvió ausentarse de la contienda en protesta a la falta
de alternancia entre Europa y América, luego de haberse acordado lo contrario tras la
realización de un torneo en Uruguay y el siguiente, el del ’34, en Italia. Al enojo
argentino, se sumaron en solidaridad igual decisión tomada por las federaciones de
Colombia y Méjico.
Pero claramente, el clima guerrero que comenzaba a penetrar en el mundo entero
resultó mucho más determinante que esas meras cuestiones de disputas futboleras, a
la hora de generar intranquilidad en suelo francés.
España estaba ya inmersa en su Guerra Civil interior desde hacía dos años y todo
indicaba que ese enfrentamiento iba a tener al bando totalitario como victorioso. En
paralelo, el auge de esas tendencias fascistas se reflejaban con ruidosa presencia en
Italia y Alemania, y ello suponía una amenaza para la libertad de toda Europa.
En ese contexto, vale decir que casi todo el continente tuvo dificultades para configurar
sus rondas eliminatorias para clasificar los 16 equipos que disputarían en certamen
galo.

Un ejemplo fue el conflicto suscitado entre Suiza Portugal, cuando los suizos no
quisieron ir a Lisboa para no tener que cruzar una España en guerra, así que se
acordó un partido único en Milán, que terminó en victoria helvética.
Una curiosidad más fue que Egipto y Palestina, únicos representantes de África y Asia
Occidental respectivamente, acabaron eliminándose en los grupos europeos porque
no tenían rivales más cercanos en sus continentes, a raíz de tensiones en sus
regiones, también atribuibles si se quiere a los olores de guerra que ya se
desparramaban por el globo. Los palestinos terminaron cayendo ante Grecia, mientras
que a Egipto se le expulsó por negarse a jugar contra Rumanía en medió del ramadán
De todas maneras, lo ocurrido tres meses antes de la Copa Mundial, marcaría el tono
político de lo que se avecinaba: el régimen de Adolf Hitler invadió Austria y la anexó
como una provincia del III Reich, dentro de su política expansionista que desataría el
horror en pocas semanas más.
Como queda dicho, esto afectó a la organización cuando además se resolvió que las
estrellas austríacas pasaran a las filas ‘alemanas’ y dejaran así una plaza vacante, la
de Austria, selección que impactaba al mundo por su brillantez futbolística y que ya
estaba clasificada para la fase final desde meses antes. La ausencia fue aprovechada
por Suecia, que pasó de fase sin necesidad de jugar.
En respuesta, el público francés fue muy hostil contra los germanos en cada uno de
sus partidos, y fueron abucheados por saludar a la usanza nazi.

La estrella irreverente

Mathías Sindelar nació en Viena en 1903 en el seno de una humilde familia católica.
Su padre murió en el frente en la Primera Guerra Mundial y su dura vida encontró en el
fútbol su punto más elevado como delantero del Austria Viena, muy ligado a la
comunidad judía.
Fue llamado el ‘Mozart del Fútbol’, convirtió 255 goles en 427 partidos y la gran fama
le llegó con la selección de su país. Integrante del maravilloso Wunderteam –el Equipo
Maravilla-, paseó su elegante fútbol por toda Europa y en el ’34 cayó en la semifinal
del mundial de Italia, precisamente frente a los alemanes.
Igualmente, aquel modelo de juego fue reconocido mundialmente y anunció el fútbol
total con el que los húngaros asombraron en los ’50, los holandeses revolucionaron en
los 70, o con el que los más jóvenes pueden emparentar hoy al Barcelona de Pep
Guardiola.
Aquella selección, por ejemplo, instauró algo nuevo para la época: el falso 9, que
consistía en derribar el estatismo de un hombre que solo andaba por el área para
agregarle participación en la generación de juego, y para que, por el hueco que
dejaba, aparecieran volantes generadores de peligro.
Todo ese lirismo futbolero se esfumó cuando Adolf Hitler y sus tropas invadieron
Austria y comenzó a anticiparse lo que muy pronto vendría.
El correlato entre lo bélico y el fútbol, rápidamente quedó de manifiesto cuando el
genocida aleman le exigió al entrenador Nerz que realizara también una anexión
futbolística. Nerz no lo aceptó y renunció.

Entonces fue reemplazado por Seep Herberger, que convocó a siete jugadores del
Wundeteam, de los que sólo se incorporaron cinco: Hahnemann, Raftl, Skoumal, Stroh
y Neumer.
Sindelar en cambio primero adujo una lesión y luego se supo de su negativa a cambiar
de camiseta.
El otro que se negó fue el capitán del equipo austríaco, Nausch, del que pretendían se
divorciase además de su mujer judía. Nausch huyó con ella a Suiza, integrándose en
el Grasshoppers.

El comienzo del final

Todo en realidad había comenzado el 3 de abril de 1938, una semana antes de que se
desarrollara un plebiscito que ordenó Hitler para legitimar la anexión, cuando los nazis
montaron una puesta en escena en el Estadio del Prater para exponer que la situación
marchaba a la perfección. La selección de Alemania iba a festejarlo con un amistoso
frente a la selección de Austria, en el llamado ‘Partido Final’ que determinaría la
disolución del elenco austríaco.
En medio del silencio y la sumisión general se ‘alzó la voz’ de Sindelar, quien con su
juego ridiculizó a la Alemania nazi hasta tal punto que marcó un gol y lo celebró
extravagantemente delante del palco donde los generales asistieron atónitos a la
victoria de Austria por 2-0.
Para muchos, esa fue su condena de muerte.
Después de eso, llegó la negativa del jugador a participar del Mundial que se
avecinaba con la camiseta alemana.
Tras ese día, el Mozart del fútbol tuvo que vivir en la clandestinidad por la persecución
nazi. La Gestapo (policía secreta del nazismo) nunca lo dejó tranquilo desde que
pocos días después de aquel gol destrozó un bar de su propiedad como amenaza.
Así, el astro se vio obligado a esconderse y a vivir bajo muchísima presión. Incluso se
dice que Hitler ofreció una recompensa económica a quien lo encontrara, y que
terminó siendo un compañero de equipo quien lo delató.
El 23 de enero de 1939, al visitar su casa, el político Gustav Hartmann encontró la
puerta cerrada y sintió un fuerte olor a gas. Forzó la entrada y vio, en la cama, al
cadáver de Matthias Sindelar junto al de Camila Castagnola, su reciente esposa
italiana de origen judío que aún agonizaba y que murió un poco después.
En ambos casos el deceso se produjo por la inhalación de monóxido de carbono.
Nunca se aclaró si su muerte fue accidental o provocada. Casualidad, suicidio o
atentado?……
En esa época nadie aclaraba nada…. aunque llamó la atención la celeridad con la que
la Gestapo cerró y archivó el caso como un accidente doméstico.
La respuesta de la gente pareció intuir algo más: 15 mil telegramas de pésame
llegaron al Austria Viena, y 40 mil personas asistieron al velatorio del ídolo en claro
desafío al temor que causaban las tropas nazis.

Sin embargo, tal vez la confesión que le había hecho a un amigo tiempo antes fue la
que puso blanco sobre negro sobre su tan dudosa muerte:
“Nunca me arrodillaré ante ellos. Que me hagan lo que quieran….” (Carlos Fanjul, nota exclusiva para Canal Abierto)

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