El pequeño golfista de la Villa 31.

652
Compartir

Dylan Reales, de 14 años, lleva el corte de pelo de todos los adolescentes, rapado y con jopo que le cae sobre un costado de la frente, pantalones chupines y zapatillas. Pero su historia no es la de un chico más. A los 7 años mientras hacía zapping en su casa de la Villa 31 se encontró con el canal Golf Channel y su vida cambió para siempre. “Era algo distinto a lo que se veía siempre en mi barrio, que todo el día es fútbol. Y me gustó”, relata el chico a LA NACIÓN.

“Cuando lo vi por televisión me atrajo como estaban vestidos los jugadores y la tranquilidad que transmitían los árboles y los pájaros. Pasar del ruido de la villa 31 a esa paz era lo que quería”, dice Dylan.

Pero no fue fácil para Dylan su ingreso al mundo del golf. “Yo hinchaba a mi familia para jugar, pero era un deporte caro me decían, un juego para ricos -recuerda el joven-. Primero empecé con un palo de escoba roto que le saqué a mi mamá. Salía a la calle y le pegaba a las piedras a los filtros de cigarrillos, a cualquier cosa que encontraba”.

En esa primera época, Dylan era conocido en el barrio como “El loco del palo”, cuenta su abuelo Julio Reales, que acompaña a su nieto a todos lados.

Como en toda historia de superación, se dio un momento en el que le llega la oportunidad a Dylan. Había acompañado a un flete a su abuelo a Tigre. A la vuelta pasan por los Bosques de Palermo y Julio Reales decide frenar para que el nene viera a los patos del lago. Enfrente está el Campo de Golf Municipal. Allí ven un cartel: “Escuelita de golf gratis”. A Dylan se le iluminaron los ojos, pero al principio no había cupo. Igual el chico se quedó al costado de la cancha escuchando al profesor Daniel Ocampo.

“Cuando termina la clase, Daniel se acerca y me dice que me podía sumar a las clases -se emociona Dylan al recordarlo-. Fue la primera vez que tuve contacto con palos de verdad. Era lo que había visto en la tele, pero lo estaba viviendo y me daba mucha alegría”.

El reencuentro con el maestro
Para la nota con LA NACIÓN, Dylan volvió al campo de golf que lo vio nacer deportivamente. Allí se volvió a cruzar con su primer maestro después de unos años. Hubo un fuerte abrazo entre ambos. Al chico se le dibujó una sonrisa en la cara. Luego, Ocampo confesó que “este chico tiene magia y puede llegar lejos. Pero ahora, sólo tiene que divertirse jugando al golf”.

Dylan tuvo sus primeros palos apenas empezó con la escuelita. “Estaba muy entusiasmado con el golf. No quería perderme ni una sola clase. Veía torneos todo el tiempo en la tele y compraba libros sobre el tema”, explica el joven.

Cuando cumplió 8 años, su familia hizo un gran esfuerzo, pusieron plata todos los familiares, y le regalaron por sorpresa al chico el bolso completo para poder jugar al golf. “Fue una sorpresa muy grande. Yo no sabía nada y de golpe se aparece mi mamá con el regalo -recuerda el joven-. Me abracé a los palos y no podía parar de llorar”. Dylan jugó y ganó su primer torneo con sus flamantes palos, regalo familiar.

En el momento de entregarle el trofeo, Ocampo recuerda que le dijo: “Esta copa es para un chico que empezó hace poco y tiene talento. Así que prepare la vitrina que se vienen mucho más”. Y el maestro no se equivocó.

Entre el glamour del golf
Pese a las victorias, Dylan no era muy bien tratado en el ambiente del golf. Sus propios compañeros, chicos de su edad, lo dejaban de lado por ser de la Villa 31. “Después de los torneos nadie me hablaba -cuenta el chico sin resentimientos-. Me quedaba a un costado comiendo un alfajor, que era para lo único que me alcanzaba, con mi abuelo que siempre me acompaña. Ellos llegaban en sus autos último modelo y yo iba en tren en un viaje muy largo. Pero llegaba al campo, me transformaba y ganaba los torneos”.

“Si me pongo a analizar el tema de discriminación de otros chicos tengo diez mil historias -dice Dylan-. En cada torneo que iba me pasaba que no me hablaban, algunos ni siquiera me saludaban en la entrada. Todo lo tengo que hacer con mucho esfuerzo por el tema económico. Por ejemplo, ahora no tengo profesor. Entreno solo y con otros chicos a veces hablamos para marcarnos los errores y mejorar”.

Pese a los obstáculos en su último torneo, Dylan marcó un hito importante. Pudo realizar el codiciado tiro de “hoyo en uno”. Le pegó a la pelotita desde unos 200 metros (dos cuadras) y desde allí la pelota directo al hoyo.

Pero no todo fue discriminación en el camino. El chico recuerda también el momento en su vida que tuvo sus primeros zapatos de golf. “Estaba en el buffet del club. Se me acerca un señor que me veía todos los días y me ve con mis zapatillas gastadas. Al rato se aparece con el calzado de mi talle. No sabía cómo agradecerle”, recuerda Dylan.

En estos momentos, Dylan entrena menos tiempo debido a problemas familiares y económicos. Tiene que cuidar a sus hermanos por el trabajo de sus padres. “Sería muy bueno tener una ayuda económica -explica el joven-. De esa manera, yo podría dedicarme a estudiar y jugar”

El futuro de Dylan
Como Maradona en esa famosa entrevista en la que el niño Diego soñaba con “jugar en primera y ser campeón del mundo”. Dylan también amasa su propia ilusión. “Quiero llegar a ser el número del mundo. Pero también me gustaría tener una vida feliz y con las menos preocupaciones posibles, afirma el chico.

Dylan está en segundo año del secundario y piensa para su futuro estudiar veterinaria, seguir practicando golf y recién después de terminar la universidad convertirse en golfista profesional. “Ahí sí, mi sueño es viajar a jugar a Europa y Estados Unidos, donde están los torneos más importantes”, dice con seguridad el joven.

Mientras tanto, el chico desarrolla varias actividades de ayuda en la villa. Hace poco aprendió a cortar el pelo y se transformó en un peluquero social. “Antes iba a los hospitales a leerle cuentos a los chicos enfermos -cuenta Dylan-. Ahora también voy y les corto el pelo si es necesario. Además, una vez por semana sacó una silla y un alargue en la puerta de mi casa y corto el pelo gratis a la gente del barrio. Creo que es una ayuda para los que no pueden pagarlo”.

Eso no es todo, este adolescente intenta también contagiar su pasión por el golf a otros pibes de la Villa 31. Una vez por mes realiza una clase abierta en el playón del barrio para que “los nenes más chicos prueben pegarle a una pelotita. Eso también es darle otra chance de mejorar a los chicos”.

Así, con los sueños como los de cualquier pibe. Intentando encontrar un futuro para su vida, Dylan sabe que no la tiene fácil viniendo desde la Villa 31. Aún así, el golfista avanza hasta el otro hoyo con la fuerza que le da su talento y su perseverancia. (Por Mariano Jasovich para La Nación)

ADNbaires