No generar basura, o como cuidar el Planeta.

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La propuesta me hizo temblar las piernas. Conozco el tema, me interesa, sigo en las redes sociales a sus referentes y hasta fui, hace poco, a una casa libre de plástico; sin embargo, debo reconocer que el desafío de saltar de la teoría a la práctica me hizo tambalear: la idea de mi editor era que pasara diez días sin generar basura y contara la experiencia.

¿Podría llevar una vida de “Basura Cero”? O, para ser más cool, ¿podría integrarme al movimiento “Zero Waste”? Se trata de una filosofía global que busca eliminar —o reducir lo más posible— los residuos a través del consumo responsable, la reutilización de productos y un rechazo total a la cultura del “usar y tirar”.

La iniciativa se sintetiza en “las cinco erres”, que hay que seguir en este orden:

1) Rechazar lo que no necesitemos.

2) Reducir el consumo en general.

3) Reutilizar envases y otros materiales.

4) Reciclar todo lo que no podemos rechazar, reducir o reutilizar.

5) Rot (literalmente, corromperse, pudrirse), palabra que refiere a “hacer compost”, descomponer los desechos orgánicos.

¿Y por qué tomarse todo ese trabajo? Porque el planeta lo pide a gritos. Los porteños generamos más de siete mil toneladas de residuos por día, me dicen desde el Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana de la Ciudad. Y el volumen de los desechos asciende a 17 mil toneladas diarias en el área metropolitana (Ciudad y GBA), según un informe de la ONU.

No siempre fue así; me lo confirmó un rápido sondeo familiar. “Yo me la pasé lavando pañales”, arrojó mi abuela. “¿Te acordás cuando el sodero tocaba el timbre?”, indagó mi mamá. “Antes la gaseosa era de vidrio”, recordó mi hermano. Y la lista siguió con pañuelos, servilletas, vasos, prendas y bolsas que ya no lavamos, porque tirarlos es más cómodo.

El equipo “antibasura”: compostera, envases reutilizables, repasadores, servilletas, bolsas y toallas femeninas de tela (Fernando de la Orden)
De todos estos, el mayor problema es el plástico. “Es muy utilizado, ya que es barato, liviano y fácil de producir. Pero, por otro lado, es muy resistente: una bolsa de plástico puede demorar hasta 600 años en degradarse, y una botella, mil años”, dice Ignacio Chiesa, investigador del Conicet.

Buena parte de esos plásticos terminan en mares y océanos, se desintegran, perjudican a peces y moluscos y podrían afectar —de modos aún desconocidos— a los humanos que los llevamos a la mesa.

Por todo eso, decidí ponerme en acción. El experimento lo llevé a cabo durante diez días del último diciembre. Durante ese tiempo hice todo lo que pude para no generar desechos, y lo fui documentando.

Para empezar
Lo primero que hice fue charlar con Dafna Nudelman, especialista en sustentabilidad, más conocida como “La loca del táper” desde que fue a una heladería con su propio recipiente reutilizable. Hoy ella es una referente local de la movida Basura Cero.

—¿Voy a lograrlo, Dafna?

—El “Zero Waste” no es una realidad. El cero nunca es cero, siempre va a haber un residuo. Pero sí es un horizonte. Y vas a poder reducir la basura un montón.

—¿Cómo arranco?

—”Escaneá” todos los aspectos de tu vida y evaluá los residuos que generás. ¿Mucho delivery? ¿Mucha ropa? ¿Mucha comida afuera? ¿Muchos regalos?

—¿Y si me cuesta?

—Tené paciencia. Te vas a encontrar con muchos obstáculos. Tenés que entender cuál es la motivación y el impacto de lo que hacés. Y adoptarlo como un estilo de vida.

Primera “R”: rechazar
Dos palabras mágicas sintetizan este eje. “No, gracias”. En estos diez días rechacé trece bolsitas de plástico, dos envoltorios de papel, y un packaging completo.

Situación 1. Le doy a la verdulera varias bolsas de tela, pero así y todo insiste en usar bolsas de plástico. Me pregunta: “¿La acelga te la pongo dentro de una bolsa (de plástico) para que no se te ensucie la bolsa de tela?”

Situación 2. Compro una tarta en una panadería y pido llevarla sin ningún paquete ni bolsa. La chica me mira fijo, extrañada, enmudecida.

Situación 3. Elijo un pijama en un shopping. Lo suelen entregar en una bolsa plástica, que va en una caja, que a su vez ponen en una bolsa de cartón. Pedí llevarlo “así nomás” y se me vinieron cuatro vendedoras al humo. “¿Estás segura?”, corearon.

En todos los casos, sonriendo, les dije que lo hacía para salvar el planeta. Y asintieron.

Segunda “R”: reducir
En los diez días no pisé un kiosco ni una perfumería. No compré accesorios, objetos decorativos, tecnología, ni nada superfluo. Me limité a entrar a un negocio cuando realmente lo necesitaba. Y sobreviví.

En ocho ocasiones en que normalmente hubiera comprado golosinas o snacks, lo evité. En la primera pasé hambre. Después puse en la cartera frutas o frutos secos. Incluso una vez fui a una verdulería, compré dos mandarinas, y fui feliz comiéndolas por la calle.

Cargando mi botella reutilizable en casa y en el trabajo libré a la Ciudad de 17 envases de agua mineral descartables. (De haber necesitado más agua mientras estaba afuera, una opción hubiera sido pasar por los restaurantes que participan en el programa “Recargá tu botella” que funciona en la Ciudad).

En diez días, la cronista de Clarín evitó que más de medio rollo de papel de cocina fuera a la basura (Fernando de la Orden).
Además, reemplacé 28 paños de papel de cocina (más de medio rollo). En su lugar, desempolvé las antiguas servilletas de tela o acudí al repasador. Y cambié los pañuelos de papel por unos de tela.

En almuerzos laborales, rechacé usar trece bandejas de plástico con film protector (utilicé mi táper y platos de loza), doce cubiertos descartables (llevé metálicos) y tres vasitos de café (usé una taza).

A los ravioles no les puse queso, porque venía en envase individual de plástico. En otro momento me hubiera parecido un pecado, pero no fue tan grave.

Para ahorrar hojas de papel, en seis ocasiones cambié los cuadernos por el anotador del celular, tres veces escribí más chiquito en las hojas, y solo imprimí lo estrictamente necesario.

El mayor impacto en la reducción de papel lo logré con las toallas de los baños públicos. Considerando que hubiera usado dos por vez, logré ahorrar 64 piezas. Llevaba una toalla personal de tela o aplicaba la técnica que me enseñó una señora, ante una urgencia, en el baño de Atalaya: “Vuelta, vuelta, pelo” (Léase: seco sobre el pantalón las palmas de las manos, después los dorsos y remato acomodando el frizz del peinado).

Más complejo fue el tema del papel higiénico. “No conozco que se consiga acá uno más ecológico. En otros países hay de papel reciclado. Creo que para nosotros que tenemos abundancia de agua por el Río de la Plata, el bidé y una toalla es la mejor alternativa”, me dijo Nudelman.

Otro mundo es el de la cada vez mayor oferta de productos “eco”, pensados para generar desechos mínimos o ninguno (en envases plásticos, sobre todo). El más curioso fue la piedra de alumbre ($350) que sirve como desodorante. Sí, es una piedra. Por más que la mires de un lado o del otro, no tiene spray, ni arroja crema, ni nada. Le tenía desconfianza, pero me sorprendió porque nunca me sentí transpirada.

También innové con el champú sólido ($475). Elegí uno especial para mi tipo de pelo y me pareció genial por varios motivos. Además de no generar ningún residuo, ocupa menos espacio en la repisa de mi baño y es ideal para los viajes, porque es chico y duradero.

Con los pads de tela ($120) reemplacé 20 trozos de algodón al momento de sacarme el maquillaje. Y elegí un cepillo de dientes de bambú ($165) con mango y cajita biodegradables, que me pareció igual que cualquier otro cepillo.

Lo que no me convenció fue el protector femenino diario de tela ($270), porque tarda mucho en secarse y, como no tiene pegamento, se corre para todos lados. Preferiría, directamente, dejar de usar protectores. Vale mencionar, como opción, la copa menstrual, a la que no recurrí.

Sugerencia: antes de comprar los productos “alternativos”, conviene chequear que estén certificados, por la Anmat o por el organismo que corresponda.

Tercera “R”: reutilizar
Una clave del movimiento Zero Waste es darle dos, tres, cuatro, y hasta infinitas vidas a cada objeto.

En estos diez días reutilicé cinco bolsas de plástico y un film transparente. También guardé objetos que antes hubiera tirado directamente a la basura, como una bolsita negra lisa que puede servirme para envolver algún regalo.

Ni hablar de los tápers y frascos, que en esta filosofía de vida tienen gran protagonismo. La propuesta es llevarlos a los negocios y rellenarlos, algo que —debo reconocer— me daba vergüenza. ¿Cómo lo planteo? ¿Con qué cara me iban a mirar? Para mi sorpresa, no fui la primera ni la última en llegar con este rollo.

Así, con un tarro de vidrio de café en la mano, entré a la dietética Todo Fruta, de Barracas. Una vendedora muy canchera en el tema —porque, dice, atiende a muchos extranjeros— pesó el recipiente, anotó el peso, lo llenó con granola y después restó el peso del envase. Pagué y listo. Una bolsita de plástico menos en el planeta.

En otros lugares, directamente, incentivan que cada cliente lleve su envase. Por ejemplo, fui a la rotisería La Vuelta, de Caballito: llevé mi propio recipiente y me dieron un postre de regalo; de ese modo ahorré dos bandejas de plástico con film protector. Y me contaron que lo mismo hacen en la rotisería de Recoleta I Due Brigantti.

Sin embargo, muchos locales se niegan a aceptar esta dinámica. Así que consulté a la Agencia Gubernamental de Control (AGC) de la Ciudad. “Reglamentariamente no hay impedimento. No hay nada que te prohíba llevar tu propio recipiente para buscar la comida”, me respondió Gastón Diéguez, gerente de Seguridad Alimentaria.

Ante la consulta de si esto es válido en todo el país, Diéguez respondió que los recipientes de segundo uso “no están contemplados en el Código Alimentario Argentino” en su utilización por parte de clientes de locales gastronómicos.

“Desde el punto de vista sanitario exigimos la higiene, una buena manipulación y la cadena de frío”, agregó. Él recomienda que los recipientes reutilizados no tengan ningún tipo de deterioro, que estén perfectamente limpios y que sean de vidrio o de plástico transparente, para que la persona que los recibe pueda ver que están higienizados.

Eso sí, cuando el cliente pone el envase, pasa a asumir algunas responsabilidades. “En caso de haber una enfermedad por transmisión de alimentos, la responsabilidad va a ser compartida entre la persona que llevó el recipiente y el elaborador, porque nadie va a querer hacerse cargo”, explicó Diéguez.

Más allá de los envases de comida, en la “R” de “reutilizar” también entra el trueque de objetos, la compra de ropa usada, la reparación (en lugar del descarte) de equipos electrónicos y un “mantra” guía: “Usar las cosas hasta que se rompan”.

Cuarta “R”: reciclar
Para los zero wasters, el mejor residuo es el que no se genera. Por eso, la “R” de reciclaje aparece recién en cuarto lugar. “Reciclar requiere energía y agua, e implica un montón de combustible para trasladar las cosas. No es eficiente. Es preferible no generar el residuo”, dice Nudelman.

De todos modos, los militantes antibasura asumen que reciclar es importante. Así que lo puse en práctica. Como ya venía haciendo, dividí en dos tachos la basura de mi casa. Y reforcé el hábito en la calle, guardando los reciclables en la cartera para tirarlos después.

A veces no es fácil mantener esta rutina. Según una encuesta de la asociación Ecoplas, el 68% de los habitantes del país dijo no tener contenedores para residuos reciclables cerca de su casa.

Quien busque alternativas de reciclado, puede colaborar con los “eco ladrillos” o “botellas de amor” (recipientes plásticos rellenos de basura no peligrosa), que se entregan a varias ONG y agrupaciones. Mientras que en la web hay dos herramientas útiles: el mapa interactivo “Dónde reciclo” y el listado de recicladores de material plástico de todo el país, publicado por Ecoplas.

Quinta “R”: rot o “hacer compost”
“Para lograr el objetivo de Basura Cero, es primordial gestionar los residuos orgánicos a través del compostaje”, me dijo Leonel Mingo, coordinador de Clima y Energía de Greenpeace Argentina. Cuenta que estos desechos representan el 50% de la totalidad. Y que emiten gas metano, generan mal olor y son focos infecciosos.

Parte de la solución puede estar en casa. Así que fui a Eco House y compré una compostera ($1.500) después de compartir con los voluntarios de esa ONG todos mis miedos. ¿Cómo se arma? ¿Dónde la pongo? ¿Y si tira olor? Y, lo peor, ¿qué onda tener lombrices en casa? Por suerte, me calmaron.

La ubiqué en el patio de casa. Para armarla, primero puse tierra y las lombrices californianas (que venían dentro de una bolsita). “No son necesarias, aunque aceleran mucho el proceso”, me dijo Nudelman. Así que cerré los ojos y las arrojé.

Con el paso de los días, me fui acostumbrando a mis nuevas mascotas. De hecho, fue difícil verlas. Salvo una tarde de mucho calor que abrí la tapa y estaban todas bien arriba tratando de escapar. Seis de ellas lograron llegar hasta el piso. Con paciencia (y una palita) las reintroduje y desde entonces les facilité la entrada de más aire.

La compostera lleva material seco, como hojas verdes, papel y cartón sin tinta. Así que allí fue a parar, entre otras cosas, la bandeja de la tarta de manzanas que compró mi marido.

A medida que los consumís, tenés que ir metiendo allí los productos orgánicos como restos de frutas y verduras (sin condimentos, ni aderezos), café, té, mate y cáscaras de huevos. Nada más. Las lombrices no comen pucheros, aunque igualmente notás que, con el paso del tiempo, se van poniendo gorditas.

Cada tanto, hay que mezclar todo. Y divertirse con este compromiso, que es de largo plazo: un ciclo completo, hasta tener el resultado —tierra fértil, que luego usaré como abono para mis macetas— lleva unos tres meses.

¿Y entonces, se puede dejar de producir basura?
En estos diez días me di cuenta de que, como me había anticipado la experta que consulté, alcanzar el zero waste es imposible, porque siempre se va a generar algo de desechos. Pero sí pude reducir muchísimo la basura con algunos simples cambios de hábitos, como aprender a decir “no, gracias” a envases y bolsas, volver a usar productos de tela y poner una compostera en el patio. Ante todo, alcanza con comenzar a pensar en la generación de desechos. Y pasar a la acción. (Por Vanesa López para Clarin)

¿Cómo reducir la basura en casa?

Se estima que cada persona genera más de 1 kg de basura al día, esto son más de 400 kg de residuos al año. ¿Te imaginas la cantidad de toneladas de basura que generamos si esto lo multiplicamos por los millones de personas que somos en el mundo? El impacto ambiental es enorme. Reflexiona sobre la relación que tienes tanto de lo que te llevas a casa con tus compras como lo que sale de ella en forma de basura.

Cada uno de nosotr@s podemos adquirir unos sencillos hábitos de consumo para reducir nuestra basura diaria. Pon tu granito de arena,  ayuda  a proteger y cuidar del medio ambiente y a proteger nuestros recursos naturales.

Simplifica tu vida y pon en práctica estos sencillos pasos que te ayudarán a conseguirlo.

10 medidas para reducir los residuos:

Lleva a casa menos paquetes. Cada vez compramos más productos empaquetados: frutas, ensaladas, verdura fresca, carnes, etc. No te lleves a casa más envases que alimentos. Opta por comprar productos que no estén envasados o con un envase mínimo. Por ejemplo, compra manzanas en una malla en vez de en una bandeja de plástico.

Compra a granel. Cada vez en más supermercados tienes más productos que puedes comprar a granel. Éste es un método sencillo para reducir envases y ahorrar, ya que podrás comprar sólo la cantidad de producto que necesitas.

Congela la comida antes de que se estropee. Lamentablemente, gran parte de nuestros desperdicios, son alimentos que se nos han estropeado. Congela en bolsas individuales y etiquetadas: frutas, verduras, caldos… tendrás ya preparadas las porciones y ahorrarás dinero, tiempo y 0 comida a la basura.

 Usa tus propias bolsas para tus compras. Lleva tus propias bolsas reutilizables de tela o usa el carro de la compra cuando vayas al súper. Rechaza las bolsas que no necesitas.

 Las facturas, online. Solicita a tu banco, compañía telefónica, gas, etc, que te envíen en versión digital todas tus facturas. Ahorrarás espacio y papel.

 Fuera plásticos. El plástico es uno de los materiales más contaminantes para el medio ambiente. Apuesta por envases de vidrio para alimentos y bebidas. El vidrio conserva mejor cualquier líquido o alimento, es reciclable y lo puedes reutilizar.

Usa cubiertos de metal. ¿Por qué no puedes usar tus cubiertos de metal en vez de los de plástico cuando comes fuera de casa? Evita también platos de papel, manteles o vajilla desechable.

Compra productos concentrados. Como vienen en envases más pequeños, el transporte y el almacenamiento es más cómodo, pesan menos y generan menos residuos.

 No al merchandising. No aceptes productos y regalos como bolígrafos, muestras de cremas, folletos, etc., que no vayas a usar. Son como imanes que tienes en casa ocupando espacio y que al final acaban en la basura.

Piensa antes de comprar. Reflexiona antes de llevarte a casa cualquier cosa que no necesitas o no vayas a usar. Reducirás en tus compras y mejorarás tu economía.

Adopta la regla de las 3R
Una de las máximas en ecología es la regla de las 3R: reducir, reciclar, reutilizar.

Reduce, tu consumo y minimiza las cosas innecesarias en tu casa.

Recicla, separa tu basura en función de su material, lleva al punto limpio o a los contenedores de reciclaje.

Reutiliza, dándole otra función a lo que ya tienes, pon en marcha tu imaginación.

Si sirves a la naturaleza, ella te servirá a ti. Confucio.

Conclusión. Cuidar y proteger el medio ambiente es un compromiso de tod@s. Ayuda a hacer de tu planeta un lugar más sostenible, más limpio. Reduce el consumo de plásticos, envases y otros residuos e incorpora a tu día a día materiales naturales como la madera, bambú o cristal. Busca el equilibrio para llevar una vida más sencilla y sostenible.

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