Cinco científicas que posibilitaron “domar” al coronavirus

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Enfrentaron todo tipo de desafíos. Algunas fueron rechazadas o no lograban financiación. Pero siguieron adelante.

Katalin Karikó pidió subvención para su primer proyecto de investigación sobre ARN mensajero en 1990, cuando era investigadora postdoctoral en la Universidad de Pensilvania (EE.UU.). No consiguió ni un dólar. En los cinco años siguientes presentó un proyecto tras otro, todos sobre ARN mensajero. Todos fueron rechazados. En 1995, cuando aspiraba a convertirse en profesora titular de la universidad, fue degradada.

Siendo una bioquímica húngara que había llegado a EE.UU. siendo ya doctora, con una hija de 13 años y su marido sin poder salir de Hungría en aquel momento por un problema de visado, a nadie le hubiera extrañado que se hubiera rendido.

“Pensé en ir a otro sitio, en hacer otra cosa”, confesó en noviembre en Stat News . “También pensé ‘tal vez no soy lo bastante buena, lo bastante inteligente'”. Pero hizo algo inesperado: se quedó en la Universidad de Pensilvania y continuó investigando en ARN mensajero. “Todo está aquí –pensó–, solo tengo que hacer experimentos mejores”.

Katalin Karikó. Foto: archivoKatalin Karikó. Foto: archivo

De no ser por aquella decisión, nunca se hubieran desarrollado las vacunas contra el coronavirus de Pfizer-BioNTech y de Moderna. De no ser por otras cuatro investigadoras, tampoco se hubieran desarrollado las cuatro vacunas que tienen más órdenes de pedidos para este año en el mundo: Kathrin Jansen en Pfizer, Özlem Türeci en BioNTech, Sarah Gilbert en la Universidad de Oxford y Nita Patel en Novavax.

El motivo por el que a Karikó le rechazaban la financiación para sus proyectos es que quienes los evaluaban pensaban que no llegaría a ninguna parte. Pensaban que el sistema inmunitario del cuerpo humano destruiría el ARN mensajero antes de que llegara a las células donde debía actuar. Era precisamente para resolver este problema que Karikó necesitaba financiación. Y era por este problema que se la negaban.

Le costó diez años encontrar la solución. Lo hizo en colaboración con el inmunólogo Drew Weissman, también de la Universidad de Pensilvania, en una serie de trabajos publicados a partir del 2005 y por los que ambos recibirán previsiblemente un premio Nobel. Encontraron la manera de modificar el ARN mensajero de modo que no alertara al sistema inmunitario.

El descubrimiento llamó la atención de Derrick Rossi, que trabajaba en células madre en la Universidad de Stanford (EE.UU.) y que estuvo en el origen de la compañía Moderna –nombre que se deriva del inglés modified RNA , o ARN modificado, y remite directamente al descubrimiento de Karikó y Weissman–.

En Europa, llamó la atención de Ugur Sahin, un oncólogo turco cuya familia había emigrado a Alemania cuando él tenía cuatro años. Sahin y su esposa, la inmunooncóloga Özlem Türeci, también hija de una familia turca que había inmigrado a Alemania, vieron inicialmente en el ARN mensajero una herramienta para desarrollar vacunas personalizadas contra el cáncer.

Ugur Sahin y su esposa, Ozlem Tureci. Foto: ReutersUgur Sahin y su esposa, Ozlem Tureci. Foto: Reuters

Con el objetivo de modificar células inmunitarias para destruir células tumorales, crearon la compañía BioNTech –acrónimo de Nuevas Tecnologías Biofarmacéuticas–.

En la misma época en que Sahin y Türeci buscaban vacunas contra el cáncer en Alemania, Sarah Gilbert estaba buscando una vacuna universal contra todos los virus de la gripe en la Universidad de Oxford (Reino Unido).

Gilbert dirigiría después el primer ensayo clínico de una vacuna contra el ébola y desarrollaría una vacuna contra el coronavirus del MERS. Cuando en enero del 2020 se enteró de que había aparecido un nuevo coronavirus en Wuhan y que causaba graves neumonías, antes de que se supiera que iba a causar una pandemia, decidió aplicar todo lo que había aprendido con el MERS para crear cuanto antes una vacuna contra el nuevo virus por si era necesaria.

“Somos una universidad y no estamos en esto para hacer dinero”, declaró en una entrevista a la BBC. La condición que la Universidad de Oxford puso a las compañías farmacéuticas con las que contactó el pasado invierno para producir y distribuir la vacuna a gran escala era que debe venderse a precio de costo en todo el mundo mientras dure la pandemia y en los países en desarrollo para siempre. AstraZeneca aceptó.

También la microbióloga india Nita Patel tenía una larga experiencia en vacunas cuando se embarcó en la búsqueda de una que funcionara contra el coronavirus. Nacida en una zona rural de India, Patel había decidido dedicarse a la investigación médica para buscar una cura contra la tuberculosis, infección que había dejado a su padre discapacitado cuando ella tenía cuatro años, según informó la revista Science .

Siendo una estudiante brillante, había recibido una beca tras otra hasta que pudo ir a hacer un máster a EE.UU. Allí se incorporó en 1990 a la compañía MedImmune, rechazando ofertas de trabajo que le hubieran permitido cobrar más, para poder investigar en tuberculosis.

Trabajó también en una vacuna contra la enfermedad de Lyme que fracasó en su primer ensayo clínico y en una terapia contra el virus sincitial respiratorio (VSR) que no llegó a ser aprobada por la Agencia de Alimentos y Fármacos (FDA) de EE.UU.

En 2015 se incorporó a Novavax atraída por un proyecto sobre el VSR, que es la causa más común de neumonía en niños pequeños. En cuanto surgió el virus SARS-CoV-2, decidió desarrollar una vacuna basada en la tecnología de subunidades proteicas, que consiste en estimular el sistema inmunitario con moléculas del virus.

Los primeros resultados de los ensayos clínicos de fase III de la vacuna de Novavax indican que tiene una eficacia tan alta como cualquier otra: 85,6% de eficacia para prevenir casos sintomáticos de covid causados por la variante británica y 95.6% para prevenir casos causados por variantes anteriores.

La tecnología de las subunidades proteicas no es nueva. La microbióloga alemana Kathrin Jansen ya la había aplicado para crear una vacuna contra el papilomavirus. Había tenido que superar el escepticismo de gran parte de la cúpula de la compañía Merck, que consideraba que el proyecto fracasaría. Jansen acabó marchándose de Merck, no sin antes crear la vacuna Gardasil, que ha sido hasta la pandemia la segunda más rentable del mundo.

La compañía Wyeth fue a buscar a Jansen para crear una vacuna contra neumonía y meningitis con trece cepas distintas de neumococos. Stat News la ha definido como “la vacuna más complicada jamás creada”, ya que cada cepa adicional aumentaba la complejidad de la vacuna.

Jansen aceptó el reto y logró sacar adelante la vacuna Prevnar 13, que se convirtió en la que genera más ingresos de toda la industria farmacéutica. Cuando Pfizer adquirió Wyeth en el 2009, Jansen se incorporó a Pfizer, donde dirige el área de investigación de vacunas.

La microbióloga alemana Kathrin Jansen. Foto: Universidad de StanfordLa microbióloga alemana Kathrin Jansen. Foto: Universidad de Stanford

A principios del 2020 recibió una llamada de Ugur Sahin de BioNTech. Se habían conocido dos años antes con motivo de un proyecto para crear una vacuna de la gripe basada en ARN mensajero.

BioNTech, donde Sahin es consejero delegado y Özlem Türeci es directora médica, tenía una vacuna candidata contra el coronavirus pero no tenía los recursos para completar su desarrollo. ¿A Pfizer le podía interesar trabajar juntos? El resto de la historia es conocido. Pfizer y BioNTech ofrecieron al mundo una vacuna eficaz y segura contra el coronavirus en un tiempo récord.

Fueron los primeros en lograrlo. Poco después llegaron las vacunas de Moderna y AstraZeneca y próximamente llegará la de Novavax. No hubieran sido posible de no ser por Katalin Karikó, Kathrin Jansen, Özlem Türeci, Sarah Gilbert y Nita Patel.

¿Se sienten modelos para jóvenes que se quieran dedicar a la investigación? “Sinceramente, estoy realmente decepcionada de que tenga que serlo, porque estamos en el 2020”, contestó Gilbert en una entrevista en el Financial Times.

“¿Cómo es que estamos hablando de mujeres científicas? No soy una mujer científica; soy una científica y más de la mitad de mis colegas son mujeres y hacemos nuestro trabajo”. (Imagen: Una dosis de la vacuna Pfizer-BioNTech. Foto: EFE // Por Josep Corbella, Barcelona. La Vanguardia)

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