Segunda ola: ¿Lo peor está por venir?

Rebrotes europeos que anticipan nuestro futuro.

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El martes 30 de junio de 2020 fue un hermoso día de verano en Praga, la capital de la República Checa. Al atardecer, miles de personas se sentaron en una mesa de 500 metros sobre el puente Carlos, el más viejo de la ciudad. Llevaron comida y bebida para compartir. Cantaron para celebrar el fin del coronavirus. Con apenas 348 muertes acumuladas desde el inicio de la pandemia, tenían motivos para brindar. El gobierno había sido rápido para imponer una cuarentena estricta y los buenos resultados estaban a la vista. Era tiempo de volver a la normalidad, y así lo hicieron. Hoy, seis meses después de aquel festejo, la República Checa tiene casi 14.000 muertos y encabeza la lista de países que más víctimas por millón de habitantes suma cada semana. La explicación de cómo aquel supuesto éxito se transformó en este desastre sanitario es la segunda ola que azota a Europa y que pronto, si es que aún no arrancó, llegará a la Argentina. ¿Qué tan grave será la muy probable escalada de nuevas muertes que dejará el virus en nuestro país? ¿Volveremos a estar al tope del ranking de muertes por millón, o la segunda vuelta será más benigna? Las previsiones de comportamiento del virus son riesgosas, pero el 2020 ha demostrado que lo que ocurre en Europa tiende a espejarse, con algunos meses de retraso y variaciones locales, en la Argentina. Para tratar de proyectar posibles escenarios, comparamos la evolución de la tasa de muertes por millón de habitantes -la variable más fidedigna para evaluar resultados- de algunos países europeos con la de la Argentina.

El caso de los checos es el peor futuro posible: una segunda ola muchísimo más virulenta que la primera. El antecedente es la gripe española, la pandemia que comenzó en marzo de 1918 y a los pocos meses parecía controlada, hasta que volvió a atacar con furia renovada y mató alrededor de 20 millones de personas. Ningún especialista prevé ahora un escenario similar -la vacunación en marcha en muchos países debería prevenirlo- y la amplia circulación local del virus en la Argentina garantizaría cierto nivel de inmunidad. Los checos, en cambio, fueron víctimas de su éxito inicial. Según Pavel Plevka, un biólogo molecular de la universidad de Masaryk, en Brno, República Checa, el gobierno de su país implementó una cuarentena estricta y rápida, lo que les permitió evitar las escenas dramáticas de otros países europeos al inicio de la pandemia. Pero con los primeros días de verano, las autoridades dictaminaron que la epidemia era un “asunto resuelto” y se relajaron las medidas sanitarias. “Los colegios reabrieron con medidas limitadas -no había obligación de usar tapabocas-. Tuvimos elecciones regionales en octubre y el gobierno estaba reacio a imponer una cuarentena antes de que se llevasen a cabo -explicó a LA NACION-. Durante la primera ola la gente adhirió a las medidas, pero ahora están cansados de las restricciones, que cambiaron demasiadas veces.” Futuro incierto “Lo peor está por venir”, advirtió la canciller alemana Angela Merkel, cuando anunció la extensión de las medidas de confinamiento hasta fin de este mes. “En la Argentina, la segunda ola va a ser peor que la primera”, arriesgó Mauro Infantino, un ingeniero en sistemas fanático de los datos que compila información comparada sobre el coronavirus en su sitio y hace un seguimiento minucioso de las estadísticas. Su teoría es que el actual crecimiento de los casos no es el inicio de la segunda ola, es un rebrote producto del relajamiento en los cuidados que trajeron las fiestas de diciembre. De hecho, detectó que ya han comenzado a bajar. Sí proyecta una suba sostenida compatible con la segunda ola con los primeros días de frío. Y el problema será que, a diferencia del otoño del año pasado, hay mucha menos disposición en la sociedad para adaptarse a las medidas de protección. “Si la epidemia fue fuerte cuando nos cuidábamos, ahora, que nos cuidamos menos, será aún más fuerte”, planteó. Además, la estacionalidad del virus en la Argentina no estuvo tan marcada como en Europa. Con el verano, en la mayoría de los países de Europa los casos bajaron de manera contundente. Acá, en cambio, hubo una caída, pero siempre nos mantuvimos en una base alta de casos nuevos. “La explicación son los determinantes sociales”, sostuvo Infantino. Esto es, la pobreza estructural de la Argentina, y otros países de la región, que impide el éxito de las cuarentenas estrictas. Por más que se lo prohiban, mucha gente tiene que salir de su casa a trabajar para poder subsistir. Jorge Aliaga, exdecano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y asesor de la provincia de Buenos Aires en el manejo de la pandemia, coincidió en que la reducción de casos del verano argentino nunca fue tan pronunciada como en los principales países de Europa. “Tuvimos una subida, una pequeña bajada y ahora volvemos a subir”, se alarmó. Este comportamiento desigual se ve muy claro en la comparación de las curvas de fallecidos de Italia y de la Argentina

Con el calor, Italia -que fue el centro de la pandemia en sus cominezos- tuvo una caída drástica en la cantidad de muertes. Cuando pasó el verano, sin embargo, la segunda ola volvió a afectarla generando un pico similar al inicial. El gobierno de Giuseppe Conte impuso confinamientos intermitentes y un semáforo que indica el grado de restricciones según la situación sanitaria. Incluso tuvo que dar marcha atrás en su intención de permitir clases presenciales para los alumnos del secundario. El modelo de Italia -una mala primera ola a la que le siguió una igual de mala segunda ola- también es posible en la Argentina. “Dependerá de dos factores -indicó Aliaga-. De cuántas personas están inmunizadas porque ya se enfermaron o recibieron la vacuna y, sobre todo, de su comportamiento.” Para el físico, en diciembre hubo una percepción errónea de que ya estábamos seguros fomentada, en parte, por el velorio multitudinario de Diego Maradona, actos presenciales en la Casa de Gobierno y marchas al Congreso. Eso, afirmó, colaboró con que la gente relajara sus cuidados. El hecho de que estemos en verano, agregó Martín Stryjewski, jefe de internación del Cemic y miembro de la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Infectología, hace que la suba de contagios no esté siendo explosiva. “Es más barato que en invierno”, precisó. El problema es que si las medidas de protección de la sociedad se mantienen bajas, cuando llegue el frío, la curva de contagios será exponencial. “Si se relajan las medidas vamos a tener un 2021 peor que 2020. Sin cuidados, lo único que podría frenar al virus sería la vacuna, pero aún viene muy lenta”, consideró.

El relajamiento de las fiestas de fin de año y su consecuente traducción en una suba de contagios no es exclusivo de la Argentina. Ocurrió en muchos países y uno de los casos más notorios es Irlanda. El 13 de diciembre, el jefe de sanidad pública, Tony Holohan, anunció que tenían el número más bajo de casos per cápita. Era una gran noticia: luego de haber sufrido un pico de muertes por millón de habitantes que estaba entre los peores, el país parecía atravesar una segunda ola amesetada, sin sobresaltos. Sin embargo, a principios de enero tuvieron un pico de contagios y durante varios días fueron el país con el peor índice per cápita de nuevos positivos. Con el desacople habitual en estos casos -a las pocas semanas, los picos de contagio suelen traducirse en una escalada de muertes- Irlanda está ahora creciendo de manera dramática en sus muertos por millón de habitantes. La razón detrás de este rebrote, coincidieron los especialistas, es la flexibilización en las medidas de protección que se produjo alrededor de las fiestas de fin de año. Como quedó demostrado en Irlanda y también en la Argentina, esta pandemia es tenaz. No perdona descuidos y suele castigar con severidad a aquellos que festejan antes de tiempo. (imagen: la segunda ola está haciendo estragos en España, Francia y Alemania // Texto Nicolás Cassese para La Nación)

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