OPINION//Una angustia insoportable con final feliz

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Sólo los mayores de 50 atinamos a pensar que esta tarde de fuego en los termómetros y los corazones no podría terminar tan mal.

En la final del 78, Menotti pensó en poner a Daniel Killer (un zaguero alto de Rosario Central) para marcar a un gigante holandés que acababa de entrar. Pero no tuvo tiempo. Nanninga, se llamaba, y marcó el empate parcial cabeceando desde su metro noventa.

Este holandés que ahora marcó el descuento para ponernos los corazones en la boca nos recordó aquella angustia a los que tenemos más de 50. Lo mismo aquel tiro de Rensenbrick en el palo derecho de Fillol, cuando no faltaba nada y el extraordinario arquero argentino estaba vencido.

Esa angustia viajó ahora 44 años y 13.000 kilómetros hasta el bombazo del 11 holandés que pegó en la parte de afuera del arco, movió la red, y nos hizo pensar por una décima de segundo que Países Bajos había empatado.

El sufrimiento era tal que cuando iban 8 minutos del tiempo adicionado Paredes se llevó una pelota contra la banda izquierda, buscó la falta del rival y cuando el árbitro la cobró cerró el puño y lo festejó como un gol.

Desahogo. Scaloni y el 10. AP

Desahogo. Scaloni y el 10. AP

Enseguida Nahuel Molina, que jugó el partido de su vida y definió en el primer gol como si fuera Romario, reventó una pelota a la tribuna como si fuese el cuatro de Cambaceres.

En la jugada siguiente, la última del partido, llegó el tiro libre ejecutado con taco y tiza. Una jugada de billar, preparada, para empatar con la picardía del engaño.

Todos saltamos para rechazar la pelota que llegó suavecita y por abajo para el destinatario -otra vez el grandote que había hecho el gol de cabeza- que sólo giró y buscó un rincón del Dibu para poner todo como si recién empezara.

El técnico holandés Van Gaal conseguía así, con el ingenio de su pizarrón experimentado, estirar su buena racha de no haber perdido nunca un partido de un Mundial en los 90 minutos.

Lo logró con un truco. Justo a nosotros, que no pasamos un fin de semana sin echar la falta.

El empate era un naufragio.

Pensamos en la frase épica de Walter Nelson -“Salí de ahí, Maravilla”, cuando el boxeador estaba en shock-, y empezamos a pensar en Di María.

No sabemos por qué, esta vez no queríamos ir a los penales.

Usamos el primer suplementario para respirar hondo, apretar los dientes y comprobar algo decepcionados que los holandeses parecían tener más resto para el final.

Pensamos en Di María justo cuando Scaloni lo ponía para desarmar la línea de 5 que tantas satisfacciones nos había dado durante el partido normal que había terminado hacia un siglo.

En Parque Centenario. Gritos y lágrimas. Foto: Rolando Andrade

En Parque Centenario. Gritos y lágrimas. Foto: Rolando Andrade.

Pensamos que Lautaro debería tener una y la tuvo. La sacó un holandés con la pera, al córner.

Ahí la Selección tuvo tres situaciones de gol en dos minutos y a los penales no los queríamos ni en figuritas.

Lautaro enseguida giró y pateó de zurda. El arquero sólo llegó porque mide 2,03 metros y es el futbolista más alto en la historia de los mundiales.

Pero ni eso le alcanzó cuando Enzo Fernández le reventó el palo derecho, en la última jugada del último minuto del último tiempo suplementario.

Y entonces empezamos a pensar en Dibu y en Mascherano, gritándole desde algún lado: “Hoy te convertís en héroe”.

Y ya lo vimos.

Y era cierto que Lautaro tendría una. Adentro el último penal, con las pulsaciones en 200.

Al final, Buenos Aires festejó. Foto: Rolando Andrade

Al final, Buenos Aires festejó. Foto: Rolando Andrade.

Sólo los mayores de 50 atinamos a pensar que esta tarde de fuego en los termómetros y los corazones no podría terminar tan mal. En la tribuna estaba Kempes, nuestro héroe inmortal de aquella noche helada contra Holanda cuando Maradona era un pibito y a Messi todavía le faltaban 9 años para venir al mundo.

Ahí, en Qatar, El Matador cerró los puños con un penal convertido y los argentinos le leímos los labios en el primer plano que le hizo la tele en ese momento: “Vamos, carajo”.

(Por Héctor Gamini para Clarín)

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