El rincón budista de la federación rusa.

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Más allá del gran lago Baikal, la república de Buriatia es un enclave de idioma y tradiciones tan diferentes que parece un país dentro de otro

En plena Siberia, a 17.800 kilómetros de Buenos Aires, se hallan las antípodas del estrecho de Magallanes. Es, literalmente, el otro lado del mundo.

La república de Buriatia es un enclave dentro de la Federación de Rusia que limita con el majestuoso lago Baikal. Llegamos allí con mi amiga Isabel un frío fin de semana de abril. Más precisamente a su capital, Ulán-Udé, que se extiende junto a los ríos Selenga y Uda y está enmarcada por unas suaves colinas que amarilleaban todavía en esa época del año.

En Buriatia, el budismo es la fe dominante y viejas costumbres shamánicas todavía son parte de la vida cotidiana. Los templos budistas y los rasgos de la gente son una postal diferente de la Rusia europea y parece realmente un país dentro de otro por su idioma y tradiciones.

Íbamos en busca de todo ese bagaje cultural y de la gigantesca cabeza de Lenin -de 42 toneladas, la más grande del planeta- que hace más de 40 años contempla desde su pedestal la plaza principal de Ulán-Udé. A unos 100 metros, un gran arco de triunfo coronado por el águila bicéfala de los Romanov recibe a los viajeros. Lo erigieron en 1891 en honor del heredero del trono, Nicolás Romanov y sobrevivió los 70 años de comunismo. ¿Será tal vez porque Moscú está tan lejos geográfica, política y culturalmente?

La Carmen mongola
Es sábado a la tarde y el sol está alto, pero del otro lado de la calle Lenin (¿qué otro nombre podía tener?), ulanudenses de traje y corbata apuran el paso para no llegar tarde al teatro. Una cartelera importante, a un costado, promociona una Carmen de vestido rojo y ojos rasgados. Bizet seguro que nunca imaginó a su Carmen gitana con aspecto mongol y cantada en ruso, pero así llegó a estas tierras.

A unas pocas cuadras del centro, las calles son espaciosas y tranquilas, de veredas anchas y arboladas. No hay mucho vértigo en el tráfico de esta ciudad, más bien una relajante quietud provinciana, un ambiente apacible.

Las casas siberianas captan nuestra atención. Las viejas “izbas” se intercalan discretas entre las construcciones modernas. Son de madera, en general oscura, adornadas de finos calados en sus contraventanas y frontones. Detrás de los vidrios, siempre el detalle de una puntilla o alguna pequeña maceta con flores.

En la peatonal hay una iglesia pequeñita y unas cuadras más allá, a pocos metros de la costanera del río Uda, la catedral de la Virgen Odigitria, con sus techos azules y una sola cúpula cebollita. Parece que las iglesias ortodoxas de blancas paredes dominan el centro de Ulán-Udé y los datsani (templos) budistas -al estilo de las coloridas pagodas orientales- se expanden en los suburbios.

Domingo en Buriatia
Al día siguiente el plan era explorar un típico domingo buriato. Cerca del hotel tomamos la marshrutka (combi) 37 y salimos rumbo al Museo Etnográfico, a 6 km, en las afueras de la ciudad. La combi zigzaguea en su recorrido por distintos barrios (incluso uno cerrado) y unos 30 minutos después se baja casi todo el mundo, con lo que, indudablemente, habíamos llegado.

Con sus 37 hectáreas, es el museo al aire libre más grande de Rusia, con una amplia muestra de construcciones siberianas de madera de todas las épocas. Pero para los locales, lo más atractivo es una especie de kermese que por 17 rublos de combi (30 centavos de dólar) y 170 (menos de tres dólares) de entrada resulta el paseo más barato de los ulanudenses para un domingo en familia, al menos cuando la temperatura lo permite.

Poco después de las 11, muchos padres con sus niños ya habían llegado y el ambiente era alegre. Los adultos ayudaban a los chicos a subirse a los zancos de madera mientras varias mujeres rusas con trajes típicos invitaban a sacarse fotos; más allá, los más chiquitos correteaban y algunas mamás se entretenían en los distintos puestos de venta variopinta.

Insólitamente, Gloria Gaynor atronaba por los parlantes con “I will survive”. Por suerte, la música se diluía conforme nos internábamos en el bosque para ver las construcciones. La arquitectura original de Siberia es muy llamativa y todavía quedan ejemplos antiguos en distintas partes de Rusia. Son edificaciones de madera a las que se embellece con finísimos calados -también en madera- que se colocan como cenefas en las salientes de los techos, como paneles sobre una pared, como contramarco de las ventanas o coronando la parte superior de las aberturas. En general se las pinta de otro color para que contrasten con el tono del resto de la edificación.

En el caso de las iglesias ortodoxas a veces también se hacen refinados trabajos en madera en sus cúpulas que semejan pétalos. Entre los primeros edificios del predio se halla precisamente, una iglesia ortodoxa de troncos oscuros, techos verdes y ventanas blancas. Luego el recorrido sigue por el bosque de coníferas y una tras otras aparecen casas citadinas y campestres, un templo budista, yurtas. Las casas muestran muebles y elementos de uso cotidiano de los siglos a los que pertenecen, con detalles de cortinas bordadas, algún que otro samovar o husos para hilar; en los galpones, herramientas de labranza rústicas, también de madera, carros, trineos y distinto tipo de esquíes para deslizarse en la nieve. Entre las yurtas, hay una de madera, con brasero en el centro y la típica ambientación mongola en su interior.

Inmersión en el budismo
El lunes, el objetivo era Ivolginsk. Si bien las combis del transporte público tenían buena frecuencia, taladramos a los choferes de la 130 preguntándoles horarios de ida y vuelta. No era cuestión de quedarse varadas en un templo buriato cuando a la noche teníamos el tren de regreso.

En la combi éramos las únicas foráneas. El vehículo anduvo un rato más y, de pronto, una techumbre dorada estalló en medio de la aridez: solo podía ser el datsan. El predio de Ivolginsk es enorme; son varias hectáreas con varios edificios y ni una brizna de pasto. Hay siete templos y un seminario en el que viven 100 lamas y estudian 200 jóvenes que se forman durante ocho años y luego viajan a perfeccionarse al exterior.

El budismo ruso es de orientación tibetana y en Ivolginsk reside la máxima autoridad. Este monasterio es tan importante que no solo llegan de todo el país para visitarlo sino también de la vecina Mongolia.

Alrededor del complejo las matas de arbustos están cubiertas de cintas de colores. Es una linda imagen, alegre. Cada cinta es la oración que deja algún visitante atada a una rama. La presencia de estas cintas es muy fuerte en la tradición budista del Himalaya. Dicen que su ondular produce una vibración que el viento esparce y genera bienestar en la persona que recibe ese aire.

A la entrada del datsan había un quiosco de suvenires y no resistí la tentación de comprar un Buda de cuatro caras. Era una cabeza regordeta, en bronce, que cabía en una mano, con una expresión distinta en cada rostro. Dicen los creyentes que uno frota la cabeza entre las manos pensando en algo y obtiene la respuesta según la expresión del rostro que queda de frente cuando se abre la mano: si está de acuerdo, Buda se pone contento; si no, se pone triste, molesto o abiertamente enojado.

Después de varias horas en el datsan, emprendemos la vuelta. El sol había desaparecido hacía rato, el viento se ensañaba con todos y la temperatura seguía bajando. Hora de disfrutar de un reconfortante té verde frente a la plaza, mientras mirábamos la cabezota de Lenin. Unas pocas horas más y desandaríamos en el Transiberiano 500 kilómetros hacia el oeste.

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